Sor Juana Inés de la Cruz o el suplicio de entregarse al saber

Tener una conciencia sobradamente

sensible es una enfermedad, es una

verdadera y auténtica enfermedad.

Fiódor Dostoievski

El mal de la vida, la enfermedad

de ser consciente.

Fernando Pessoa

En este ensayo me propongo analizar el poema de Sor Juana Inés de la Cruz Primero sueño. El poema conjunta, a lo largo de sus novecientos setenta y cinco versos, la teoría platónica del alma y el cuerpo, la filosofía natural de Galeno y sus sucesores, un misticismo casi tan enigmático como el de San Juan de la Cruz. Para esto, pienso ayudarme tanto del poema a tratar como de otros escritos de Sor Juana que nos resulten acordes al tema en cuestión. Además, también discutiremos las interpretaciones hechas, principalmente, por Octavio Paz, Georgina Sabat de Rivers y Rocío Olivares Zorrilla, con el fin de hacer más rica la discusión y esclarecer si realmente es posible comprender a Sor Juana como la consecuencia irremediable del Renacimiento, como la encarnación de los ideales de dicho movimiento.

El reino de la noche

Primero sueño: monumental escultura lingüística, conjunción exacta de pensamiento y sentimiento; confesión, confusión, enigma y paradoja. Es así como debería comprenderse el más grande y misterioso poema que Juna Inés haya escrito. Este poema funde en un mismo acto: la mitología griega, la tradición religioso-aristotélica del medioevo, la mística y el neoplatonismo renacentista; además de que, como veremos, todo el viaje que realiza el alma humana –que no el alma de Sor Juana– es una muy hermosa alegoría del arrojo y el ímpetu del ser humano por intentar conocer y comprehender todo cuanto resplandece ante sus ojos. Comencemos, pues, el análisis del poema y vayamos dilucidando cómo es que la llamada Décima Musa, logró conjuntar las corrientes filosófico-espirituales que acabamos de mencionar.

Ya desde sus inicios, cuando comienza a caer el sueño y a elevarse la piramidal sombra de la noche, conquistando parte del universo, Juana Inés alude al sistema astronómico tolemaico:

Piramidal, funesta de la tierra nacida
sombra, al cielo encaminaba
de vanos obeliscos punta altiva,
escalar pretendiendo las estrellas;
si bien sus luces bellas
exentas siempre, siempre rutilantes,
la tenebrosa guerra
que con negros vapores le intimaba
la vaporosa sombra fugitiva
burlaban tan distantes,
que su atezado ceño
al superior convexo aún no llegaba
del orbe de la diosa
que tres veces hermosa
con tres hermosos rostros ser ostenta.

Recordemos que el sistema tolemaico planteaba que existían once cielos, de los cuales el centro por excelencia era la Tierra; de ahí que mencione que dicha sombra se dirigía hacia la esfera superior de las estrellas fijas. Sin embargo, como enuncia la silva, la sombra no alcanzó a cubrir siquiera la esfera de la Luna, la cual era bien sabido que atravesaba por tres fases, por eso dice: “al superior convexo aún no llegaba/ del orbe de la diosa/ que tres veces hermosa/ con tres hermosos rostros ser ostenta”. Esta alusión al sistema tolemaico del universo habrá que tenerse muy en cuenta, ya que más adelante veremos que –una vez que el alma emprenda el vuelo– la manera en que concebirá dicho universo ya será de un orden muy distinto. A continuación, se anuncia el advenimiento de las aves nocturnas:

Y en la quietud contenta
del imperio silencioso,
sumisas sólo voces consentía
de las nocturnas aves
tan oscuras tan graves,
que aún el silencio no se interrumpía.

Es evidente que el comienzo del poema nos muestra el modo en que la noche va cubriendo al mundo, sometiéndolo a la oscuridad y al silencio, un silencio auditivo. Aquí, como dice Paz, vienen al llamamiento las aves y “desfilan Nictimene la lechuza, las tres Meneidas convertidas en murciélagos y el búho, ‘ministro de Plutón’”.[1] De este modo, se describe cómo es que, poco a poco, se va quedando dormido el mundo: “El viento se sosiega; el perro duerme; los peces son dos veces mudos (por peces y por dormidos); Alcione; Acteón, el cazador cazado; el león que duerme con los ojos abiertos; los pajarillos; el águila de Júpiter; todo y todos, sin exceptuar al ladrón y al amante, se han dormido. El sueño reina”.[2] Llama mucho mi atención que Sor Juana entienda al sueño como una manera efímera de experimentar la muerte; analogía que, por otra parte, me resulta fascinante. Esta “muerte temporal”, dice la silva, le llega a todos, sin importar su condición social o cualquier otra cosa: el sueño, como la muerte, no hace distinciones. Lo más importante de esta analogía es que en ambos casos el alma logra liberarse del cuerpo; esta es una clara resonancia de la idea platónica de entender al cuerpo como la “cárcel” del alma.

un cadáver con alma,
muerto a la vida y a la muerte vivo,
de lo segundo dando tardas señas
el del reloj humano
vital volante que, si no con mano,
con arterial concierto, unas pequeñas
muestras, pulsando, manifiesta lento
de su bien regulado movimiento.

Eso es el cuerpo mientras duerme: un cadáver con alma. Los conocimientos médicos y fisiológicos de Sor Juana eran aquellos que se practicaban en su tiempo y que venían del Renacimiento e, incluso, de más atrás; bien apuntan los críticos y estudiosos de Sor Juana, que los conocimientos que ella tenía de esas disciplinas venían de las teorías de Hipócrates, Galeno y de sus sucesores. Evidencia de lo anterior es la parte del poema (versos 229 a 266) en que se describe cómo funciona el cuerpo internamente para abrirle las puertas al alma y que ésta pueda, al fin, liberarse. A este respecto menciona Sabat de Rivers: “El corazón, los pulmones y el estómago representan diferentes aspectos vivos del cuerpo humano dormido. Pero más importante para el sentido total del poema es la vida fantástica del alma, que se libera entre sueños. Otra muestra de lo que considera Sor Juana parte esencial del ser humano, es que parece ser el cerebro, y no el corazón, la sede del alma. Al cerebro el estómago le manda los humores debidamente atemplados”.[3] Y agrega Paz: “Así pues, durante esa noche del Sueño, el cuerpo enviaba, ya refinados los espíritus y los humores a los sentidos interiores, que son los encargados de recoger las sensaciones y percepciones de los exteriores (vista, oído, olfato, tacto y gusto), purificarlas y, hechas imágenes, transmitirlas al alma racional para que las considere, las piense y las contemple”. Ahora sí está lista el alma para empezar su viaje.

al cerebro enviaba
húmedos, mas tan claros, los vapores
de los atemperados cuatro humores,
que con ellos no sólo no empañaba
los simulacros que la estimativa
dio a la imaginativa,
–y aquésta, por custodia más segura,
en forma ya más pura,
entregó a la memoria, que oficiosa,
grabó tenaz y guarda cuidadosa–,
sino que daban a la fantasía
lugar de que formase
imágenes diversas.

El vuelo del alma

En los últimos versos que mencionamos Sor Juana trae a cuento una teoría escolástica en la que se argumentaba que era la imaginación –o la fantasía– la que mediaba entre las sensaciones y los pensamientos. De modo que, en virtud de la fantasía, es que el alma podía experimentar dichas visiones:

y el pincel invisible iba formando,
de mentales, sin luz, siempre vistosas
colores, las figuras
no sólo ya de todas las criaturas
sublunares, más aun también de aquellas
que intelectuales claras son estrellas;
y en el modo posible
que concebirse puede lo invisible,
en sí, mañosa, las representaba
y al Alma las mostraba.

A este respecto, dice Paz:

El Pincel de la fantasía es invisible precisamente porque está hecho de luz interior que ilumina las visiones de nuestros sueños. Esta luz invisible e incorpórea era una substancia bien conocida de los neoplatónicos y los herméticos. Su manifestación más pura, dice Bruno, era la Lux, primera creación de Dios según el Génesis. Ficino enumera diferentes tipos de luz: la de Dios; en seguida, la luz intelectual de los ángeles; después, la racional de los hombres […] La luz con que la fantasía pinta las figuras mentales es la luz del alma racional: éste es otro rasgo que sor Juana comparte con los neoplatónicos.[4]

Además de aquella teoría psicológica de la escolástica sobre la fantasía, en esos versos se conjunta también la teoría platónica del mundo de las ideas, pues el vuelo que emprende el alma, una vez que el cuerpo se ha dormido, tiene como destino contemplar aquellas “estrellas intelectuales”: el origen divino de todas las cosas. No podemos dejar de mencionar que el alma, según dice el poema, asciende hacia el cielo de forma piramidal. Aquí evidentemente las pirámides –o bien la forma piramidal– en que asciende el alma humana es un símbolo. Y es que este tipo de construcciones –ya sea que se haya referido a las pirámides egipcias o también, en alguna medida, a las pirámides mexicanas– eran un ejemplo del empoderamiento del hombre sobre el mundo y su aspiración por acercarse a ese, como dijimos, su origen divino. Por eso es que al alma humana se le adjudica –y con más razón, por ser la parte más pura del ser humano– esa característica y ese fin.

las Pirámides fueron materiales
tipos solos, señales exteriores
de las que, dimensiones interiores,
especies son del alma intencionales:
que como sube en piramidal punta
al cielo la ambiciosa llama ardiente,
así la humana mente
su figura trasunta,
y a la Causa Primera siempre aspira
–céntrico punto donde recta tira
la línea, si ya no circunferencia,
que contiene, infinita, toda esencia–.

Esa llama que se alza, nuevamente, “en punta piramidal” es análoga al alma, centella divina, que “aspira a reunirse místicamente con su fuente, que es Dios”. Por otro lado, esos versos nos revelan otra serie de cosas. En el pasaje anterior mencionamos que Sor Juana hacía alusión al universo tolemaico, pero aquí comienza a comunicarnos una nueva forma de entender el ordenamiento del mundo y su relación con Dios. De hecho vale la pena mencionar que en el Sueño no se alude en ningún momento al Dios católico o a Jesucristo, antes bien parece que se refiere más a una idea de divinidad que bien podría encajar con algunas teorías renacentistas, como la de Nicolás de Cusa. Es más, Sor Juana ni siquiera menciona la palabra Dios en cuanto tal, como se evidencia en los versos pasados, se refiere más como Causa Primera o, en otras partes, como Alto Ser. Recordemos un poco qué era lo que sostenía Cusa a este respecto para que resulte más claro lo anterior:

El universo de Nicolás de Cusa es una expresión y un desarrollo (explicatio), aunque sin duda necesariamente imperfecto e inadecuado, de Dios. Es imperfecto e inadecuado, porque despliega en el reino de la multiplicidad y separación lo que en Dios está presente en una unidad única e indisoluble (complicatio); una unidad que abarca cualidades y determinaciones del ser no sólo diferentes, sino incluso opuestas. A su vez, cada cosa singular en el universo lo representa –al universo– y por ende, a su manera particular, también a Dios; cada cosa representa al universo de un modo distinto al de todas las demás, al contraer (contractio) la riqueza del universo de acuerdo con su propia individualidad única.[5]

Dicho esto, nos es más fácil comprender ahora las últimas líneas de la silva que citamos, pues claramente ya no se está hablando de un mundo entendido como un enorme círculo que tiene su centro en cualquier punto: “a la Causa Primera siempre aspira/ céntrico punto donde tira la línea/ si ya no circunferencia/ que contiene, infinita, toda esencia”. Sin embargo, hay algunas interpretaciones que argumentan que sí está siempre presente el lado católico-cristiano de Sor Juana en el poema, de esta opinión es Rocío Zorrilla: “No deja de haber un sentido adánico en este concepto del poema: la trascendencia humana que la pirámide alegoriza y señala con su punta es a la vez el intento de recuperación de la blancura inocente previa a la creación, a la forma, ese estado divino, primordial y primigenio del hombre en el Paraíso, imagen y semejanza de Dios. En el Primero sueño Sor Juana moldea el poema como Dios a Adán”.[6] Yo por mi parte, me inclino por la idea de un “deísmo racionalista” que no niega la fervorosa pasión religiosa de Juana Inés, pero que está equilibrada con sus muchas aspiraciones intelectuales. Pero volvamos al tema del alma, ¿qué pasa cuando ésta logra llegar a lo más alto?

gozosa mas suspensa,
suspensa pero ufana,
y atónita aunque ufana, la suprema
de lo sublunar Reina soberana,
la vista perspicaz, libre de anteojos,
de sus intelectuales bellos ojos,
(sin que distancia tema
ni de obstáculo opaco se recele,
de que interpuesto algún objeto cele),
libre tendió por todo lo criado.

En este momento se describe el cúmulo de sentimientos que el alma experimenta al haber podido llegar a contemplar por fin el Todo, las “estrellas intelectuales”, su origen. Estando ya en el centro del poema se cumple el cometido, el alma tiene su más terrible y hermosa visión. Este acontecimiento, aunado con lo que se dijo sobre Dios, nos muestra a una creatura –el ser humano– que se sabe el punto cumbre de lo creado, es la “bisagra” entre este mundo y el celeste y, sin embargo, nos muestra su impotencia por no poseer lo suficiente como para poder asimilar tales cosas. El alma es tan deslumbrada que no soportó la carga de tal visión. El alma súbitamente cae.

–entorpecida
con la sobra de objetos, y excedida
de la grandeza de ellos su potencia-,
retrocedió cobarde.
[…] como el entendimiento, aquí vencido
no menos de la inmensa muchedumbre
de tanta maquinosa pesadumbre.

El alma, el entendimiento humano fracasa en su empresa, los versos nos narran cómo es que se vio interrumpida la visión dada la imposibilidad de asimilar tantas cosas tan diversas: “y por mirarlo todo, nada veía/ ni discernir podía”. Esto sin lugar a dudas es una metáfora del atrevimiento y ambición desmedidas del ser humano por querer conocer todo, a sabiendas de que eso es simplemente imposible, digo que el proyecto ya estaba muerto antes de nacer. “La ambición intuitiva, que quería abarcarlo todo, nos ha llevado irónicamente a la derrota total del intelecto, que es incapaz de entender no sólo ya las esencias, sino también los meros accidentes”.[7] A pesar de todo, el alma, el intelecto, –una vez recobrado– vuelve nuevamente a emprender el vuelo, pero ahora –más humildemente– va peldaño a peldaño conociendo y asimilando todo más detenidamente.

reparando, advertido,
con el arte el defecto
de no poder con un intuitivo
conocer acto todo lo criado,
sino que, haciendo escala, de un concepto
en otro va ascendiendo grado a grado.

Y aunque sabe que puede volver a naufragar, como Faetón, el alma altivamente se adentra en la contienda.

y él, si infeliz, bizarro
alto impulso, el espíritu encendía:
donde el ánimo halla
–más que el temor ejemplos de escarmiento–
abiertas sendas al atrevimiento,
que una ya vez trilladas, no hay castigo
que intento baste a remover segundo,
(segunda ambición, digo).

Pero recordemos que en este mundo todo perece, que esto tan sólo era un sueño y éste dura lo que dura la noche.

El despertar

En esta última parte el alma ya no se ve derrotada por el asombro y la sobre exaltación, sino porque el mundo y el cuerpo mismo comienzan a despertar. Cabe resaltar, para concluir, el carácter impersonal del poema, en ningún momento se pronuncia “mi alma” ni nada por el estilo, dejándonos claro que Juana Inés no estaba hablando de su propia alma, sino del alma humana en general. El Sueño de Sor Juana sí es el retrato alegórico de las aspiraciones humanas por obtener el más alto conocimiento de la Naturaleza y lo divino que hay en ella. Pero también es una muy íntima confesión, pues en las últimas líneas del poema, Sor Juana nos deja ver que es su experiencia, sus propias inquietudes espíritu-intelectuales, y eso viene al final:

mientras nuestro hemisferio la dorada
ilustraba del sol madeja hermosa,
que con luz judiciosa
de orden distributivo, repartiendo
a las cosas visibles sus colores
iba, y restituyendo
entera a los sentidos exteriores
su operación, quedando a luz más cierta
el mundo iluminado y yo despierta.

Ese “y yo despierta” es la confesión de Sor Juana. Primero sueño es el reflejo de su propia vida intelectual, que se vio mermada sí por su condición de mujer, pero más enfáticamente porque era muy consciente de sus límites en tanto que ser humano. Sobre esto, dice Paz: “el protagonista de Primero sueño no es el alma femenina sino el alma humana que, hay que repetirlo, para la autora no tiene sexo. El impedimento no es su feminidad sino ser el alma prisionera del cuerpo. El fracaso no viene de su sexo sino del entendimiento humano […] Sor Juana sí reflexionó sobre los límites de la razón: éste es el tema de sus poemas y uno de los ejes de su vida interior”.[8]

El poema es un todo cerrado que conjunta muchas de las corrientes filosófico-espirituales de que se tienen noticia en la historia. Y es que Sor Juana, con una actitud muy renacentista, volvió a los orígenes del conocimiento, los resignificó y enriqueció. Por eso es que considero que esta obra hay que entenderla como: una monumental escultura lingüística; como la conjunción exacta de pensamiento y sentimiento; como la confesión de una terrible confusión; como un enigma indescifrable y como una paradoja indisoluble. Sor Juana fue el vivo ejemplo de que el saber sí nos da ciertos momentos de gloria, pero también muchos otros de dolor.

[1] Paz, Octavio, Obras completas, vol. V. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, México, FCE, 2013. pág. 445.

[2] Ibíd.

[3] Sabat de Rivers, Georgina, El “Sueño” de Sor Juana Inés de la Cruz, tradiciones literarias y originalidad [en línea] [año desconocido]. Fecha de consulta 21 de mayo del 2016. Disponible en: http://www.biblioteca.org.ar/libros/132504.pdf 

[4] Paz, Octavio, Obras completas vol. V… Ob. cit. pág. 447

[5] Koyré, Alexandre, Del mundo cerrado al universo infinito, trad. Carlos Solís Santos, España, Siglo XXI, 1999. pág. 13. Las cursivas son nuestras.

[6] Olivarez, Zorrilla, Rocío, El enigma emblemático de El sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, [en línea], 2004. Fecha de consulta: 21 de mayo del 2016. Disponible en: https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero28/sorjuana.html

[7] Sabat de Rivers, Georgina, El “Sueño” de Sor Juana Inés de la Cruz… Ob. cit.

[8] Paz, Octavio, Obras completas, vol. V… Ob. cit. pág. 454.

Poesía y revolución

biografia

Hoy sueño con un lenguaje de cuchillos y picos, de ácidos y llamas…Un lenguaje guillotina… Un viento de cuchillos que desgarre y desarraigue y descuaje y deshonre las familias, los templos, las bibliotecas, las cárceles, los burdeles, los colegios, los manicomios, las fábricas, las academias, los juzgados, los bancos, las amistades, las tabernas, la esperanza, la revolución, la caridad, la justicia, las creencias, los errores, las verdades, la fe.

Octavio Paz

INTRODUCCIÓN

Octavio Paz fue, sin lugar a dudas, uno de los intelectuales mexicanos más prolíficos e importantes del siglo XX. Pero más que un intelectual, considero que él era, ante todo, un poeta. Paz se empeñó en discurrir y versar no solamente sobre la libertad, sino también sobre las experiencias cotidianas, sobre la poesía misma, sobre los sentimientos más profundos del ser humano, como el amor, la desesperación, etc. Y, por si fuera poco, debido a sus grandes preocupaciones políticas, escribió y reflexionó mucho sobre la condición humana en general, pero más enfáticamente, sobre la condición de vida de los mexicanos. La poesía de Paz es exorbitante: te asombra, te anima, te eleva, te arrastra, te duele. Pero, por encima de todo, te maravilla.

Este ensayo es una reflexión sobre dos de las ideas a las que Paz les dedicó mucha tinta y mucho tiempo, por no decir la vida. Analizaremos el concepto de revolución y de poesía –como el nombre del ensayo lo indica– con el fin de poder comprender cuál es el vínculo que las une, y por qué al poeta mexicano le causaba tanta estupefacción esta relación. Estoy de acuerdo con Braulio Peralta en lo que respecta a su opinión sobre la poesía y sobre la figura de Octavio Paz, esto dijo Peralta en su libro El poeta en su tierra:

La poesía -la palabra del poeta- ha sido menospreciada en este siglo. Pero no ha muerto. Dicen que cada 50 años nace un poeta –poeta mayor, con ideas– en cualquier país. Poetas que defienden la poesía, porque los versos son inseparables de la defensa de la libertad. Sí: la poesía no se lee en los estadios. Pero no agoniza. En medio de la turbulencia del fin de siglo, algo queda: un puñado de hombres que describen el mundo con versos y prosa poética. Un ejemplo en México: Octavio Paz.

Poesía y Revolución

¿Qué es la poesía? No es una pregunta fácil de responder, uno podría decir que la poesía es el medio por el cual el ser humano tiene la posibilidad de ahondar profundamente dentro de sí y, en ese acto, descubrirse, reconocerse y desvelar su ser. De acuerdo con Paz:

La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración […] Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan […] Expresión histórica de razas, naciones, clases.[1]

Esta asombrosa definición de la poesía considero que condensa cabalmente todas las caras y los matices que posee la creación poética. En estas cuatro líneas están contenidas todas las ideas sobre las cuales Paz reflexiona, discurre y versa a lo largo de toda su vida y obra. Pero, ¿qué quiere decirnos Paz con esa definición?, ¿cuál es la base sobre la que se yergue, el trasfondo?, ¿qué significa que la poesía es “revolucionaria”, “revelación del mundo”, “regreso a la tierra natal” y “expresión de razas, naciones y clases”? La clave está en comprender el concepto de revolución y el vínculo que éste guarda con la poesía.

Ya desde sus inicios el surrealismo –movimiento, por cierto, con el que Paz simpatizó ampliamente– identificaba la poesía con la revolución. En aquellos tiempos, la imaginación, la poesía y la vida misma estaban siendo socavadas por el paso firme de la razón instrumental, por el realismo y por los pesados yunques del positivismo lógico. La apuesta del surrealismo era izar nuevamente la bandera de la imaginación, del sueño y la poesía, tomar una posición ante el mundo radicalmente escindida de los convencionalismos que intentaran “domesticar” a los hombres. Era una reivindicación ontológica de la libertad, es decir, era una apuesta por reivindicar: la libertad de ser.

Es bien sabido que el surrealismo –encabezado por Andre Bretón– fue por un tiempo afín al comunismo y sus ideas revolucionarias. Pero, ¿Paz entendía estrictamente lo mismo por “revolución” que los surrealistas y los comunistas de su época? No, de ninguna manera. Paz ante todo era un poeta, y como todo buen poeta, él era un poeta libre. Libre no sólo porque afirmaba y defendía la libertad, sino porque él mismo la encarnaba. Así pues, podríamos decir que la revolución, para el poeta mexicano, significaba: trasgresión, trascendencia y retorno. Ahora bien, Paz afirma que la poesía es revolucionaria por naturaleza, ¿esto qué significa? La verdadera poesía –pues “no todo poema […] contiene poesía”– es revolucionaria en tres sentidos, a saber: la poesía es revolucionaria en tanto que transgrede el mundo, el lenguaje; en tanto que trasciende la experiencia, la realidad concreta, la historia; y en tanto que devuelve, tanto al poeta como al lector, al origen, a su origen.

La razón por la que Paz era afín al surrealismo, era precisamente esa apuesta por la fantasía, la magia, el juego, los sueños, la imaginación; y por el hecho de considerar a la poesía como un arma capaz de, justamente, trasgredir y cambiar el mundo. Sin embargo, Paz siempre guardó su distancia de toda corriente y todo movimiento, jamás sublevó su pensamiento ante nadie, particularmente rehuía mucho a las ideas políticas de su tiempo. Si se quería lograr una verdadera emancipación por medio de la imaginación, la imaginación misma tenía que ser sometida también a la crítica, ya que “la imaginación, la verdadera, nace después de la crítica, no es una fuga de la realidad, sino un enfrentarse a ella”. Por eso es que para Paz la poesía era el camino, el arte que se sirve de ese tipo de imaginación, el oráculo que nos muestra la realidad tal cual es y cómo podría ser. Ahora analizaremos el carácter revolucionario de la poesía, veamos en qué medida y en qué sentido ésta devuelve, trasciende y transgrede al origen, al mundo, a la realidad, al lenguaje.

En primer lugar, tenemos que decir el hombre no puede relacionarse con el mundo sino es por mediación del lenguaje.[2] Es más, el hombre es leguaje. La realidad toda, por su parte, es todo a lo que aluden aquellos designios, vale decir: metáforas. Por mor del lenguaje, que en sí mismo es poesía, el ser humano tiene la posibilidad de crear y re-crear el mundo y su propio ser. Ahora bien, el poeta no es, de acuerdo con Paz, aquel que se sirve del lenguaje, sino que el verdadero poeta es servidor del lenguaje. Esto quiere decir, que no todo hombre es servidor del lenguaje, la mayoría de la gente tiende a reducirlo, quebrantarlo, herirlo hasta dejarlo moribundo. El poeta, amén al lenguaje y, específicamente, al poema, puede desvelar y compartir el ser de la poesía. Esto es así, porque –y aquí está uno de los sentidos en que la poesía nos devuelve al origen– “en el poema el leguaje recobra su originalidad primera, mutilada por la reducción que le imponen prosa y habla cotidianas. La reconquista de su naturaleza es total y afecta a los valores sonoros y plásticos tanto como a los significativos. La palabra, al fin en libertad, muestra todas sus entrañas, todos sus sentidos y alusiones, como un fruto maduro o como un cohete en el momento de estallar en el cielo. El poeta pone en libertad su materia. El prosista la aprisiona”.[3]

Este “retorno a lo original”, implica necesariamente el hecho de que en algún momento hubo un distanciamiento, ¿por qué?, ¿en qué momento nos alejamos de nuestro hogar? Paz sostiene que el momento de la ruptura y del alejamiento se dio en el instante en que el hombre tuvo conciencia de sí: “apenas el hombre adquirió conciencia de sí, se separó del mundo natural y se hizo otro en el seno de sí mismo”. Frente a este horizonte, la palabra vendría a ser la liga, el puente entre el hombre y lo otro, aquello que se posa frente a él: el mundo. El poema –que es “lenguaje erguido”– sería aquello que hace menos hondo y oscuro el abismo que nos separa del hogar. De acuerdo con Paz, para salvar aquella distancia que nos separa de nuestro origen: “el hombre debe renunciar a su humanidad, ya sea regresando a lo natural, ya trascendiendo las limitaciones que su condición le impone”. Y agrega: “de ahí que la poesía contemporánea se mueva entre dos polos: por una parte, es una profunda afirmación de los valores mágicos; por la otra, una vocación revolucionaria. Las dos direcciones expresan la rebelión del hombre contra su propia condición”.[4]

Dicho esto podemos enunciar claramente uno de los sentidos por los que la revolución y la poesía concuerdan y se entrelazan. La misma palabra nos lo indica; me explico: revolución viene del latín: re-volvere, el prefijo “re” significa “de nuevo” o “hacia atrás”, mientras que volvere significa “dar la vuelta”, y si lo presionamos un poco más, podríamos decir que significa “regresar”. Es decir: estrictamente hablando, re-volución quiere decir, volver nuevamente. Pero, ¿volver a dónde? Al “lugar” de dónde venimos: revolución es volver al origen. La intención revolucionaria de la poesía, en este sentido, es una apuesta a que el hombre de la vuelta sobre su conciencia enajenada, para que, reconquistándola, tome –ahora sí– plena conciencia tanto sobre él mismo como sobre el mundo –histórica y naturalmente hablando– al que pertenece. Quizá a esto alude el poema La tumba del poeta, perteneciente al libro Ladera este; pues quizá el lugar hacia el que se dirige el hombre es el mismo de donde proviene.

En un aquí no sé donde 

Un hombre

Comienza

Asirlo plantarlo decirlo

Como un bosque pensante

Encarnarlo

Un linaje comienza

En un hombre…

Clavado

Como un dios

En este aquí sin donde

¡Lenguaje!

Acabo en su comienzo

En esto que digo acabo

SER.[5]

Queda ahí manifiesto porqué la poesía nos devuelve a nuestro origen. En cuanto a la transgresión, hay que decir en primer término que detrás de cada acto poético, es decir, de cada creación, está la “voluntad creadora de un hombre”. Dice Paz: “la fuerza creadora de la palabra reside en el hombre que la pronuncia. El hombre pone en marcha el lenguaje”. Sin el hombre no habría poesía, o creación poética, ya que la poesía es lenguaje trasgredido, violentado, corrompido.

La creación poética se inicia como violencia sobre el lenguaje. El primer acto de esta operación consiste en el desarraigo de las palabras. El poeta las arranca de sus conexiones y menesteres habituales: separados del mundo informe del habla, los vocablos se vuelven únicos, como si acabaran de nacer. El segundo acto es el regreso de la palabra: el poema se convierte en objeto de participación. Dos fuerzas antagónicas habitan el poema: una de elevación o desarraigo, que arranca a la palabra del lenguaje; otra de gravedad, que la hace volver.[6]

Esto quiere decir, que el poeta, antes que a la realidad o al mundo, trastoca al lenguaje. El poeta exprime, sangra, tortura, exorciza y desarraiga el lenguaje para, inmediatamente después, resignificarlo. Por “resignificar”, quiero decir, que en el momento de la creación poética, el poeta despoja a las palabras de sus implicaciones y significados impuestos por el lenguaje cotidiano, lo eleva. Y, al mismo tiempo, las devuelve precisamente a su significado coloquial, para que les sea común a todos. Pues, de acuerdo con el poeta mexicano, la poesía, la verdadera, tiene que estar erguida sobre un lenguaje que sea, en sí mismo, vivo y común. Una vez que se “supera” esta transgresión del poeta sobre el lenguaje, el poema está listo. Es tiempo de arrojarlo contra el mundo; si de verdad contiene poesía, el poema arrojado logrará corromper, unir y con-mover a su gente. Esto es necesariamente así, puesto que –y en este punto estoy completamente de acuerdo con Paz– a una sociedad que ha sido sometida, dividida y acallada, lo único que le corresponde y surge de allí, es una “poesía en rebelión”. La voz del poeta es la voz de su gente.

Más que la lengua –el idioma, pues– es la poesía la que funda o crea la identidad de un pueblo, pues –como ya dijimos líneas arriba– la poesía nos devuelve al lugar del que provenimos, esa tierra natal. El poema, cuando es escrito, aísla al poeta de su comunidad, pero, cuando el poeta lo pone en libertad, y éste es leído y recitado, los une. Porque si es cierto que “la palabra del poeta se confunde con su ser mismo”; y que “él mismo [el poeta] es su palabra”; y ésta –a su vez– es la palabra de su gente. Entonces, no sólo la voz del poeta sería la voz de su comunidad, el poeta mismo sería su misma gente, su mismo pueblo. De ahí que el poema-obra sea el punto de comunión. “El poeta no es un hombre rico en palabras muertas, sino en voces vivas”. Aquí un fragmento de Piedra de sol:

Puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados.

Dicho de otro modo:

El poema se nutre del lenguaje vivo de una comunidad, de sus mitos, sus sueños y sus pasiones, esto es, de sus tendencias más secretas y poderosas. El poema funda al pueblo porque el poeta remonta la corriente del lenguaje y bebe en la fuente original. En el poema la sociedad se enfrenta [yo diría se confronta] con los fundamentos de su ser […] El poema es mediación entre la sociedad y aquello que la funda […] El poema nos revela lo que somos y nos invita a ser eso que somos.

Sin embargo, el poeta debe de tener cuidado en no enredarse con las redes del poder político, pues la poesía –y el arte en general– es lo único que puede salvarnos de no caer en la lastimosa corriente de la escisión, la enajenación y la pugna. Pues, como sucede ahora, según Paz, irremediablemente “el poeta se encuentra sin lenguaje en que apoyarse y el pueblo sin imágenes en qué reconocerse”. Esta actitud se refleja bien en su poema Un poeta, que pertenece al libro en prosa poética ¿Águila o sol?, aquí un fragmento:

Gran abrazo mortal de los adversarios que se aman: cada herida es una fuente. Los amigos afilan bien sus armas, listos para el diálogo final, el dialogo a muerte para toda la vida […] El hombre es el alimento del hombre. […] La poesía ha puesto fuego a todo los poemas. Se acabaron las palabras, se acabaron las imágenes. –Por lo pronto coge el azadón, teoriza, sé puntual. Paga tu precio, cobra tu salario […] Calla o gesticula: todo es igual. En algún sitio ya prepararon tu condena. No hay salida que no dé a la deshonra […] tienes los sueños demasiado claros, te hace falta una filosofía fuerte.[7]

Con lo dicho hasta ahora, considero que queda claro en qué sentido se afirma que la poesía, en tanto que transgresora, es revolucionaria. Por último, nos queda analizar el porqué la poesía, según Paz, es revolucionaria en la medida en que trasciende la experiencia empírica y, por tanto, la historia.

La poesía exhorta a que todo aquel que va a su encuentro experimente lo sagrado. La experiencia de lo sagrado, es una experiencia desoladora, avasallante. En una palabra: es una experiencia sublime. Cuando uno tiene una experiencia de este tipo, todo dentro uno mismo se trastoca, el mundo se vuelve otro, la palabra belleza toma sentido y, al mismo tiempo, se queda corta. Sin embargo, hay que reconocer que “en lo sublime siempre hay un temblor, un malestar, un espasmo y ahogo, que delatan la presencia de lo desconocido e inconmensurable, rasgos del horror divino”. Y eso es precisamente lo que la poesía nos despierta y nos hace sentir: asombro y asfixia, estupor, goce, miedo. Porque la poesía no ha dejado de ser una revelación divina. Mas, eso no quiere decir, que esta sea del todo placentera, la revelación no es algo que venga de fuera, sino todo lo contrario, surge de lo más profundo del ser del poeta, de su asombro por el mundo, por su existencia y por la vida, con todas sus caras y matices. Por eso, Paz, habla de un “horror divino”, el cual nace en el instante en que nos percatamos de esa “extrañeza radical”.

En la experiencia de lo sagrado, el hombre toma conciencia de su finitud, de su pequeñez, y es desde ahí donde comienza a poetizar, a hacer poesía. Y esto es así: porque “la poesía parte de la situación humana original –estar ahí, el sabernos arrojados en ese ahí que es el mundo hostil o indiferente– y del hecho que la hace precaria entre todos: su temporalidad, su finitud. Por una vía que, a su manera, es también negativa, el poeta llega al borde del lenguaje. Y ese borde se llama silencio, página en blanco”.[8] Mas ese sentimiento de nostalgia sobre su condición lo hace poetizar aún más, y con mayor intensidad y fuerza: ya que “un silencio es como un lago, una superficie lisa y compacta. Dentro, sumergidas, aguardan las palabras. Y hay que descender, ir al fondo, callar, esperar […] La palabra poética brota de eras de sequía”. Tal vez a esto se refiera el inicio del poema Blanco:

Latente

La palabra en punta de la lengua

Inaudita                       inaudible

Impar

Grávida                                 nula

Sin edad

La enterrada con los ojos abiertos

Inocente                        promiscua

La palabra

Sin nombre                 sin habla

La palabra poética consagra todo lo que toca, quiero decir, todo lo que nombra. La poesía no hace de este mundo un lugar más bello. La poesía no hace a los hombres ni más buenos ni más nobles: la poesía, otra vez, nos muestra lo que es y lo que somos enteramente. Dice, Paz: “La poesía no es un juicio ni una interpretación de la existencia humana […] es una revelación de nuestra condición original, cualquiera que sea el sentido inmediato y concreto de las palabras del poema”. Y de cada encuentro con lo sagrado, de cada revelación, descubrimos algo más sobre nosotros mismos. Y en tanto que cada una de esas revelaciones se concreta –temporal y/o históricamente– en un poema, el poeta va creándose, va creando su ser a cada verso; así es como se consagra y trasciende. Por eso afirma Paz:

La revelación es creación. El lenguaje poético revela la condición paradójica del hombre, su “otredad” y así lo lleva a realizar lo que es…El acto mediante el cual el hombre se funda y revela a sí mismo es la poesía… La poesía nos abre la posibilidad de ser que entraña todo nacer; recrea al hombre y lo hace asumir su condición verdadera, que no es la disyuntiva: vida o muerte, sino una totalidad: vida y muerte en un solo instante de incandescencia.[9]

En esta experiencia de lo sagrado, del horror divino y la revelación-liberación del ser, radica la revolucionaria actitud de la poesía, entendida como trascendencia. Así, después de todo lo expuesto, podríamos concluir que: poesía y revolución son una y la misma cosa. Me quedo con un consejo que Octavio Paz le da a todo aquel que quiera aventurarse por el camino de la poesía, esto es:

De una manotada aplasta seis o siete –o diez o mil millones– [de palabras] y con esa masa blanda haces una bola que dejas a la intemperie hasta que se endurezca y brille como una partícula de astro. Una vez que esté bien fría, arrójala contra esos ojos fijos que te contemplan desde que naciste. Si tienes tino, fuerza y suerte, quizá destroces algo, quizá le rompas la cara al mundo, quizá tu proyectil estalle contra el muro y le arranque unas breves chispas que iluminen por un instante el silencio.[10]

[1] Paz, Octavio, El arco y la lira, México, D.F., FCE, 2013. pág. 13. Las cursivas son mías.

[2] “La palabra es el hombre mismo. Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad. No hay pensamiento sin leguaje, ni tampoco objeto de conocimiento: lo primero que hace el hombre frente a una realidad es nombrarla, ‘bautizarla’”. Ibíd. Pág. 30.

[3] Ibíd. pág. 22.

[4] Ibíd. pág. 36. Las cursivas son nuestras.

[5] Paz, Octavio, Ladera este, México, D.F., ed. JM, 1970. pp. 74-75.

[6] Paz, Octavio, El arco y la lira…, Op. cit., pag. 38.

[7] Paz, Octavio, ¿Águila o sol?, México, FCE, 2014. pág. 99.

[8] Paz, Octavio, El arco y la lira…, Op. cit., p. 147.

[9] Ibíd. P. 156.

[10] Paz, Octavio, ¿Águila o sol?.., Op. cit. pág. 25. Se agregaron corchetes.